jueves, 25 de febrero de 2010

Rome


Supongo que con las ideas que me llevan brotando estos días en la cbeza me he olvidado de hacer una mención al último viaje que he hecho y al primero que me saca del país.
Roma.

Cuando la gente hace viajes a ciudades de este tipo, lo primero que suelen decir es algo así como: "a cada paso que das, puedes sentir la historia que recorre sus calles...", cosas por el estilo. El caso es que yo no lo diría exactamente así.

A cada paso que daba, los cuáles no fueron pocos al día, veía la típica sociedad de una ciudad: agitada, con prisas, sin tiempo para pararse a nada. La gran mayoría de los edificios pertenecen a una época, vamos a decir anterior, pero no muy anterior a ahora.
Los monumentos que se esparcían por la ciudad esperando a que gires una esquina para poder vislumbrarlos, eran prácticamente todos magníficos, impresionantes, reflejo del esplendor que esta ciudad ha tenido a lo largo de la historia.

Yo siempre me sorprendo de pensar que el hombre ha hecho maravillas arquitéctonicas tales como el Coliseo o la Basílica de San Pedro, en épocas donde no había ni por asomo el avance que hay ahora.

Pero ese asombro se acaba mezclando con otro tipo de asombro, mucho más pesimista, el asombro por ver como el hombre destroza un bien mayor que cualquier otro que pueda crear con su propia mano. EStá claro de qué hablo.

Sin duda, siempre, antes que cualquier ciudad, preferiré ver maravillas naturales, zonas que el hombre apenas haya podido alterar, pues es ya muy difícil encontrar sitios que no haya cambiado el ser humano.

A pesar de todo me llevo un buen recuerdo de esa preciosa ciudad.

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